• Asignatura: Filosofía
  • Autor: linceymurillo
  • hace 2 años

Cuáles fueron los cambios de Jesucristo a lo escrito en el Antiguo testamento

Respuestas

Respuesta dada por: yharold05acosta
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Una de las cosas que cambió drásticamente entre el Antiguo Testamento es la forma de tratar con el pecado.

En el Antiguo Testamento, Dios estableció el sacerdocio para proveer una manera para que los israelitas cubrieran o expiaran el pecado —el quebrantamiento de la ley. El sumo sacerdote ofrecía un sacrificio de sangre cada año, en el lugar Santísimo, a fin de cubrir los pecados del pueblo. Cuando el sumo sacerdote fallaba, el pueblo no se podía acercar a Dios.

En cambio, la sangre de Jesús no sólo cubre nuestros pecados; sino que los borra.

Jesús derramó Su sangre por la humanidad, como una ofrenda eterna en el Nuevo Testamento; a fin de que nos podamos acercarnos confiadamente al trono de la gracia, y hallar gracia y misericordia para el oportuno socorro (Hebreos 4:16). Él completó el Pacto Abráhamico al convertirse en el último sacrificio ofrecido por los pecados. Su sangre anuló: «…los decretos que había contra nosotros…» (Colosenses 2:14, RVC). En la Nueva Traducción Viviente dice que: «Él anuló el acta con los cargos que había contra nosotros y la eliminó clavándola en la cruz».

Para decirlo de otra manera, la sangre de los animales (antiguo pacto) expiaba o cubría el pecado (Hebreos 10). La sangre de Jesús (nuevo pacto) remitió —anuló— el pecado de una vez por todas: «pero nuestro Sumo Sacerdote se ofreció a sí mismo a Dios como un solo sacrificio por los pecados, válido para siempre. Luego se sentó en el lugar de honor, a la derecha de Dios» (Hebreos 10:12, NTV).

Jesús es el conciliador o mediador, entre Dios y la humanidad (Hebreos 8:6). Él es el único camino para regresar a la presencia de Dios (hechos 4:12). En el momento en que recibimos a Jesús como nuestro Señor, entramos en una relación de pacto de sangre con Dios. Todo lo que es del Padre, Él se lo dio a Jesús en el nuevo pacto (Juan 16:15). Nosotros nos convertimos en coherederos con Jesús, en el nuevo nacimiento (Romanos 8:17). ¡Las riquezas y bienes del Padre ahora son nuestras!

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