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LA GENESIS DEL REALISMO Y LA NOVELA DE TESIS
En L.Romero Tobar ed. El siglo XIX, II, en V.García de la Concha, director, Historia
de la literatura española. Madrid, Espasa Calpe, 1998, 410-435.
(Se trata de la versión entregada al editor, quien modificó algunas notas, como se indica en cada una de las
afectadas).
1.- La larga marcha hacia la novela.
Los contemporáneos se habituaron a hablar, a partir de 1870, de un "Renacimiento" de la
novela española, que enlazaba con el brillante momento fundacional, en el Siglo de Oro, y dejaba
tras de sí una larga edad oscura.
Nuestro actual punto de vista no es ajeno a la tesis del "Renacimiento", si bien matizada[1] , y
tiende a explicar ese prolongado naufragio del género en el país que lo vio nacer a la modernidad,
precisamente por la frustración del proceso de la modernidad en España y por el consiguiente
fracaso del proyecto histórico que la burguesía productiva encarnaba, y que llevó a la práctica,
primordialmente, en la Europa protestante.
J.F.Montesinos (1955) diagnosticó las causas más específicamente literarias en que vino a
concretarse la frustración de nuestra modernidad: el desprestigio de la novela en la poética del
neoclasicismo, menospreciada como género literario por su falta de alcurnia clásica, sería la
primera de estas causas; el prejuicio atávico contra la ficción (que provenía de las poéticas
medievales), entendida como mentira, ilusión peligrosa, así como otro prejuicio si más moderno no
menos operante, el de que la novela, espejo de costumbres y pintura de la sociedad, al retratar los
vicios de ésta incitaba a practicarlos, sumaron sus esfuerzos para producir una segunda causa no
menos efectiva que la primera, a la que Montesinos tildó de manía moralizadora, esto es, la
exigencia de una honorabilidad moral que la novela debía ostentar como forma de pago de su
incorporación a la práctica literaria institucionalizada.
A pesar de estas y de otras dificultades, el impulso que el género adquirió desde la época
romántica fue ya irrefrenable. Una clave decisiva hay que buscarla en la creciente demanda de un
público lector sediento de ficción, demanda encabezada por las clases medias urbanas y enriquecida
por la voracidad lectora de jóvenes -el Romanticismo fue la Edad de Oro de los jóvenes- y de las
mujeres -urbanas o no, casadas o solteras, aristócratas o burguesas, jóvenes o no tan jóvenes . Otra
clave reside en el expansionismo de la industria editorial francesa, que inundó el país de traducciones
de novelas, hasta el punto de llegar a provocar el despertar, a partir de 1815-20, de una industria
editorial española, que adoptó los nuevos mecanismos de difusión y venta (suscripciones,
colecciones cerradas, gabinetes de lectura, publicaciones por entregas...) que contribuyeron a la
popularización del género[2]. Una tercera clave es la que supuso el éxito entre el público lector
hispano de los nuevos géneros novelescos europeos, historiado por Montesinos (1955), y que de las
etapas dominadas por el prestigio de Chateaubriand (1800-1812)
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