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En una entrevista de 2002, Linda Sue Park, de ascendencia coreana, cuenta que su pasión por la poesía
comenzó desde que era muy pequeña. Alrededor
de ella fue construyendo su mundo interminable
de lecturas y escrituras hasta convertirla en la materia prima de su oficio. “Pienso en la poesía como la
lengua en su estado más puro”, dice, y de poesía ha
llenado sus relatos para niños y jóvenes. En ellos salta
a la vista el cuidadoso trabajo en el que equilibra la
fuerza de la trama con la precisión del lenguaje.
Nacida en Chicago en 1960, Park se ha interesado en
la historia y la cultura coreanas, especialmente en algunos hechos ocurridos durante la Edad Media, para
construir los argumentos de algunas de sus novelas.
La cocina, el bordado, la cerámica son también temas
de sus escritos. A partir de investigaciones juiciosas
en esta línea ha logrado recrear episodios, costumbres y personajes que luego se vuelven referentes
para sus lectores, especialmente por la sensibilidad
y sabiduría con las que enfrentan su vida. Al leer su
obra es ineludible evocar la de Katherine Patterson,
una de sus autoras preferidas, a la que ella leyó y releyó incansablemente.
Sobre su método de trabajo comenta que cuando
comienza un texto nunca está muy segura de lo que
vendrá; espera, entonces, el punto en el que el relato
la engancha para poder afinar la trama e ir pensando en los destinatarios. Así descubrió, por ejemplo,
que escribir para jóvenes es un desafío interesante
porque la obliga a construir con un estilo limpio, “sin
frases perezosas, sin grasa, sin ninguna materia verbal
extraña”
que se refieran a lo que has sentido.